CARTAS MARCADAS – Caras y caretas

MUCHAS TRAMPAS EN EL CONTRARRELATO DE LA VIDA DE VÍCTOR HUGO MORALES

Víctor Hugo Morales es un excepcional relator de fútbol y un prestigioso periodista uruguayo que desde hace 35 años reside en Argentina. Casi toda su carrera, y lo mejor de ella, se desarrolló en la vecina orilla a la que llegó en 1976 con un contrato por un año para trabajar en Radio Mitre. Hasta ese momento, Morales era un muchacho de Cardona de algo más de veinte años que hablaba muy rápido, tenía una maravillosa voz y una curiosa capacidad para hilar frases con inteligente creatividad y con un sorprendente lenguaje poético. A poco de llegar a Montevideo, por circunstancias relativamente fortuitas, ascendió a la titularidad en la transmisión de fútbol de una de las radios más importantes del país. Como consecuencia de ello alcanzó rápidamente la fama de un personaje mediático en el ambiente medio aldeano de la capital. TEXTO: DR. ALBERTO GRILLE 
Dicen sus detractores que este muchacho que se presentaba como periodista, apenas sabía escribir y andaba a las piñas por la vida y, sobre todo, por la noche.

El pibe quería, al parecer, sacarle el jugo a esa fama medio gratuita de los periodistas deportivos, que no se sostiene por el rigor académico, ni por la cultura, ni por la educación o el trabajo, sino por cierta facultad de “televisar con la palabra” y muchísima habilidad para caminar sobre los lugares comunes.

Víctor Hugo tenía todo esto y además bastante egocentrismo, deslumbramiento por la fama y convicción de que su éxito se basaba en opinar y sobre todo juzgar facultades, talentos y conductas ajenas.

La época para venir a disfrutar las fastuosidades del éxito no era de las mejores. A muchos muchachos de su edad se les había ocurrido cambiar el mundo, y, como siempre, los que controlan el poder estaban dispuestos a hacer cualquier barbaridad para impedirlo.

Tal vez ahí está el punto débil del relato de Víctor Hugo cuando a larguísima distancia en el tiempo reflexiona y cuenta sobre su vida con los ojos de hoy.

Al parecer, en ese relato Víctor Hugo se siente compartiendo los ideales de su generación desde esa lejana partida y percibe que su participación en esos años son mayores y más comprometidos que los que algunos de sus contemporáneos recuerdan.

A lo más, uno podría culparlo de tener demasiado ego.

Pero eso no importa mucho. Ni Morales se exhibe como un héroe, ni menciona su participación en las luchas de la resistencia, ni se presenta como un luchador clandestino de la libertad, ni dice haber sido torturado ni haber participado en ninguna conspiración democrática.

Como mucho, dice haber sido medio comunista, haber orientado hace cuatro décadas la página cultural de un diario que duró tres o cuatro meses y sentirse hostigado por los servicios de inteligencia de la dictadura hasta que decidió emigrar.

De esto último, además exhibe pruebas.

Lo antedicho es una historia bastante común entre los sesentistas de ayer o los sesentones de hoy.

Un pibe venido del interior a una pensión de un Montevideo convulsionado, entre gases lacrimógenos, algunos amigos de la Juventud Comunista o de los tupas con los que compartían mates, peñas, noches e ideales libertarios, algún laburito en algún diario para complementar las encomiendas de la familia, y de pronto el silencio de la dictadura, cuando hasta el uniforme del heladero nos provocaba terror.

Después, vivir en solitario en un país aterrorizado, dedicarse a ‘hacer la tuya’, a veces con buen éxito, jugar al fútbol los domingos en la Liga Universitaria y los sábados trasnochar sin seleccionar mucho a los amigos.

Morales agregaba una decena amistades que hoy resultan indeseables y alguna visita al cuartel del Batallón Florida que sin conocer los motivos me resultan incomprensibles.

Pero muchas veces son indescifrables las conductas humanas. Al fin y al cabo, aparentemente, y todo según sus acusadores, iba a jugar al fútbol.

Un día esa paz hedonista se derrumba porque notamos algo raro, se llevan en cana a un compañero o un conocido, nos parece que nos siguen, alguien avisa que estamos en alguna lista negra, nos encanan por una riña en un picado de domingo y sin preguntarnos mucho nos vamos del país a laburar si es posible en Buenos Aires.

Esto es lo que parece haberle pasado a Víctor Hugo. Podía haber sido una historia sin mucho brillo, casi intrascendente, si no fuera un relator fantástico y carismático, un flaco pintún, vanidoso, con ganas de llevarse el mundo por delante.

Cuarenta años después y luego de una larga historia, Víctor Hugo es un periodista en el que media Argentina cree. Se enfrenta al tremendo poder de los medios de la derecha y particularmente al multimedio Clarín. Apoya a un gobierno al que él considera progresista, y lo hace con inteligencia y valentía. Ha sido el relator de fútbol más importante de las últimas décadas, ha innovado en el relato y en el periodismo deportivo, se ha convertido en uno de los periodistas más escuchados e influyentes en ese inmenso país, un referente intelectual, cultural y político cuya opinión es insoslayable.

Sin tenerle mucha simpatía no puedo negar que Víctor Hugo es un gigante. Su vida ha sido exitosísima en un país en donde el éxito es esquivo.

Pero además es uruguayo y uno sabe que son pocos los uruguayos que han triunfado en Argentina. Así, al pasar, Gardel, Leguizamo, Julio Sosa, Thelma Biral, Mareco, el Chino Pavoni, Cubillas, Matosas, China Zorrilla, Francescoli, Jaime Roos, Villanueva Cosse, Tenuta, y algunos pocos más. Entre ellos Víctor Hugo Morales. Casi todos estrellas del espectáculo y del fútbol.

Víctor Hugo es tal vez el único uruguayo cuya opinión política es valorada en Argentina y al que los argentinos escuchan y respetan aunque nadie ignora que es uruguayo. Hoy, además, es el más importante periodista de izquierda en ese país.

Pero si en Argentina es tan famoso, en Uruguay es relativamente insignificante, al menos en el sentido de que significa poco.

El noventa por ciento de los uruguayos nunca lo oyó relatar un partido de fútbol, son pocos los que saben en Uruguay de sus simpatías políticas, nadie lo vio o escuchó haciendo periodismo político, nadie se ha interesado por su pasado y apenas algunos miles le han visto la cara salvo en algún reportaje en las pantallas de la televisión cable.

¿Por qué entonces dos periodistas uruguayos que siempre han escrito en medios de la derecha se han lanzado a demoler el prestigio de Víctor Hugo Morales?

Luciano Álvarez y Leonardo Haberkorn han hecho un libro patético, porque con el rótulo de periodismo de investigación su lectura desnuda solamente el propósito de hacer caer el prestigio de un hombre de bien cuya características personales podrán o no gustarnos, pero cuya trayectoria ha sido transparente en un país en que las vidas de los hombres públicos se convierten impúdicamente en espectáculo.

En sus páginas estos dos fanáticos defensores de la Ley de Caducidad despliegan con la precisión de un sicario una sucesión de descomunales tonterías y pequeñas anécdotas que mezclan las opiniones futbolísticas de Morales, algunas incongruencias menores de su biografía, su presunta amistad con tres o cuatro militares con los cuales jugaba al fútbol y comía algún asado, una docena de peleas a las trompadas que lo presentan como un paranoico irascible, unas cuantas visitas al Batallón Florida y un discurso protocolar de un personaje sobrehablado en un asado de despedida .

Con estos pincelazos se pretende convertir a un talentoso y prestigioso hombre común en un farsante.

¿Por qué lo hacen? Por plata. ¿Por qué se puede hacer una cosa tan miserable? ¿Cuál es el interés de demostrar que un demócrata es un impostor? ¿Cómo se resumen en una sola las infinitas posibles motivaciones de un sicario?

¿De qué se acusa a Víctor Hugo Morales? ¿Acaso andaba cazando gente en una Chevrolet Veraneio? ¿Denunció a algún compañero de trabajo? ¿Se aprovechó de los beneficios de la dictadura o de su presunta amistad con los milicos? ¿Participó en las sesiones de tortura? ¿En alguna ocasión fue traidor o un despreciable delator?

Nada de eso surge del libro. Apenas sí el testimonio de algunos milicos, aparentemente despechados, que coinciden en ensuciar a Víctor Hugo.