Las cuentas

 

La justicia a veces tarda. Banfield, que merecía ganarle a San Lorenzo, estuvo perdiendo hasta el último córner, ese que se tira cuando ya todo da lo mismo y hasta el arquero participa del desembarco en el área rival.

La justicia a veces tarda. Banfield, que merecía ganarle a San Lorenzo, estuvo perdiendo hasta el último córner, ese que se tira cuando ya todo da lo mismo y hasta el arquero participa del desembarco en el área rival. Y empató, lo menos que correspondía, con un gol de Tagliafico, que lo festejó como si fuera el primero de su vida. Y era, nomás… San Lorenzo, con su arquero como figura, había metido el gol jugando un fútbol plagado de imprecisiones. Y pareció que se alzaba con el botín, pero se fue plantando cada vez más atrás, hasta que terminó exigiéndole demasiado al azar. Está más sólido y concentrado, pero su juego no mejora.

Banfield parece saber más lo que quiere, aún cuando le tocó empatar en la agonía del partido, pero tuvo que esperar más de una hora y media ese instante decisivo, cuando los méritos ya no importan y la vida es una bola saltando dentro de la palangana de la ruleta. Así vivió Boca la noche espectacular de Córdoba. En el primer tiempo, la única llegada de Belgrano le llevó una hipoteca difícil de levantar. Los de Falcioni fueron más desde el primer minuto pero un solo ataque cambió la ecuación. El relato no puede disimular la diferente calidad de la suerte que el fútbol concede. Pero tampoco es el único dato a considerar. Los planes de San Lorenzo y Belgrano se parecieron. Y, en ambos casos, las ideas se robustecieron ante la marcha de los acontecimientos.
El gol de Bueno para los de Caruso, y el de Matías Giménez para Belgrano consolidaron las convicciones con las que abordaron sus partidos, y obligaron al Taladro, y a los Xeneizes a ir a chocar contra los diques que construyeron en las puertas de sus áreas.
La distribución de Riquelme, la fina intención siempre ofensiva de Sánchez  Miño y el andar general del equipo hicieron de Boca un conjunto superior. La cancha se hizo grande por los costados, porque Erviti y Ledesma, con Cvitanich lanzado a uno y otro costado, fueron pistones  decisivos. Pero hacia el medio, en la cobertura del área, los celestes piratearon cuanto balón quería ser llevado hasta el buen Olave. Boca cargó al hombro la mochila de que estaba perdiendo la punta, porque cualquiera que fuese el resultado de Arsenal y Ñewell’s, lo bajaba de la cima del campeonato, una cumbre que creyó haber alcanzado para plantar bandera. En eso estarían pensando sus hinchas cuando fruto del mismo dominio de los primeros 45 minutos, con todo Boca lanzado al ataque, Erviti clavó un zurdazo espectacular e igualó el resultado. El campeón apareció en toda su dimensión en una jugada en la que se vio claramente el exagerado repliegue cordobés, la hambruna de gol de los porteños y las categorías sumadas de Riquelme, Silva y el goleador.
Todo fue preciso y rápido. En tres minutos, Boca había  auspiciado un nuevo partido para ambos equipos. Vino un prolongado lapso de un trámite  mucho más parejo, como si los cordobeses entendieran qué había que ponerle un mayor decoro a ese partido que estaban jugando en su propia casa. Si no era anoche, ¿cuándo? El ida y vuelta benefició al espectáculo. Por más que las cuentas, al final, a uno le cerraron mejor que a otro…
Víctor Hugo