Los buitres del desencanto

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Parecido a ese gol contra Brasil que se pasa siempre en la televisión, allá en New Jersey, rápido, preciso, letal,

con su curva de belleza plena, con el arquero desesperado horizontal e impotente, con 20 centímetros menos de  brazo de lo que quisiera en ese instante, cuando su mano se llena de aire y casi al mismo tiempo se escucha el chicotazo de la pelota en la red y su cuerpo que se rompe en el césped.

Lionel Messi salvo al equipo y a si mismo de esas dudas que atrapan la discusión cuando un equipo grande no puede derrotar a un adversario que se presume mas débil.

Hasta ese minute 45 del segundo tiempo, la figura de la Argentina había sido el Chiquito Romero, un grande ante jugadas que parecían con destino de gol. El Chiquito de un lado y Messi del otro hicieron posible un triunfo merecido pero tardío, dificultado por la aglomeración del rival y la imprecisión de cabezazos y remates con el pie que encontraron siempre un obstáculo en el camino.

Los Buenos cambios del ultimo cuarto de hora acentuaron la diferencia porque al menos uno de Lavezzi y Palacio, deberían jugar según la opinión de este cronista. Si quieren jugar con tres atacantes y un medio campo con un solo jugador de marca, esa exageración que alguna vez se hará insostenible, que sea con uno que vaya por afuera y no contribuya a la centralización del juego.

Alguien que corra por la raya hacia el banderín del córner y no otro que espere el pase siempre en la media luna del área, o en el punto del penal. El embudo que se fabrica suele jugar en contra, por lo menos hasta que se convierte el primer gol. El Pocho en especial será un auxilio para ese pecado de acumular intenciones por la calle del medio. Y se noto algo en esos 15 minutos, aunque de todas maneras el partido lo gana por su cuenta y orden Lionel, en la acción clásica del jugador que siempre tiene que estar porque “te define el partido en una jugada”.

En los minutos postreros del partido, cuando Irán le permitió al Chiquito Romero enviar un mensaje muy tranquilizador sobre su capacidad, al cabo de meses con escasa actividad, sobrevoló el estadio albiceleste de Belo Horizonte, el hazañoso triunfo de Costa Rica ante Italia. Pudo suceder, si que Irán derrotase a los argentinos. Hubo llegadas que dejaron de ser sorprendentes. El partido estaba en un gran nivel pero para los argentinos era difícil apreciarlo.

El hincha no esta para disfrutar del espectáculo si su equipo no va bien. El ida y vuelta se hizo incesante. Irán empezó a merecer un respeto extraño para una cultura futbolística que los desconoce por completo. Aquí no llega su campeonato por televisión. Pero el final fue aliviador con el festejo en la cancha. En las tribunas y el abrazo de Sabella y Messi como para decirle idiotas a los inventores de un malestar imposible, si estamos hablando de las mismas personas que creemos conocer bastante al cabo de los años.

Las vicisitudes fueron reales. Hubo que arremangarse y pelear mucho mas de lo previsto. Era un paseo de salud y de pronto el virus de la duda estaba hacienda estragos. La tarde del primer día del invierno traía una tormenta, que disipo Lionel.

Termino bien, es verdad, pero no hubo lucimiento. Como si la Argentina no quisiera dar pistas de su potencial y estuviese esperando los verdaderos partidos del mundial. Fue una tarde ideal para alimentar a los buitres del desencanto. Pero la Argentina va a pagar sus deudas. Ya lo verán.